domingo, 29 de abril de 2018


PLAZA DE LA ÓPERA, ABRIL



Para Raquel y Mozo


He abandonado el sueño para imaginarte
recorriendo estas calles.
Plaza de la Ópera, bajo un cielo con nubes
espesas, y un aire incendiado
que mi voluntad en este instante colma
con las horas de ayer, las más felices.
Son las once y te escuchamos
saltar de la cama repleta de energía,
para luego irrumpir exaltada en el salón
–abriendo los brazos, conteniendo el universo–,
darnos los buenos días, sentarte a mi lado,
sonreír. No sé
si ha pasado el tiempo o hemos sido
nosotros los que, desde dentro
de él, fuimos negando su certeza atroz,
haciéndonos más fuertes y más libres.
Me demoro y pienso en las pequeñas cosas
que me traen aliento: en la función
de la ironía, en la debilidad
del método, en el dogmatismo
epistemológico, en Cortázar, en la ética
alegre de Spinoza, en J. J. Cale,
en la delicada insolencia de Rimbaud,
en cómo descubrí que estoy desnudo
si mi lenguaje te busca.
Pero también ellos están aquí. Ríen. Conversan.
Ellos, que solo con mirarse
logran resumir en uno sus dos mundos,
quizá no siempre demasiado ideales.
Estáis en mi corazón, os lo aseguro,
y aquí viviréis hasta que el viaje termine.
Marea que me rescata y obliga mi recuerdo,
ávida memoria de la que acaso
quisiera arrepentirme.

Ahora miro alrededor
y ante estas obras sórdidas
me figuro tu incomodidad, la suya.
Establecimientos de comida rápida, quioscos,
publicidad inocua, basura, óxido.
Tú, que puedes escuchar
el grito de la tierra iracunda
ante la avidez y la codicia del hombre.
No permitas que me trague la indolencia.
Nómbrame otra vez, deja que mire
a través de tus ojos.

No deseo
escribir más. Tampoco me sería posible.
Las palabras agotan y el silencio aguarda.
Ave del sentido, dime
qué será de mí, en qué me convertiré
cuando ya no pueda respirarla.


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